lunes, 23 de diciembre de 2024

LA MUERTE, SUS PLANOS. FANTASMAS.

Nunca entendí las expresiones relacionadas con la muerte de muchas religiones. Cuando escuchaba que las personas pasaban a otro plano de existencia, a otra dimensión, desconectaba. Entre mi falta de interés, la superstición, un sentimiento de traición a las creencias que me inculcaron y el aburrimiento, cerraba la mente a estas historias. 

Ayer percibí la presencia de fantasmas, de esos muertos que han acompañado mi existencia, algunos por más tiempo del que compartimos en vida. Recordé, o me visitaron, muchos. Fueron momentos de magia y de temblor, percibiendo olores, escuchando pasos, sintiendo de nuevo sus voces. 

En el pasillo, junto a la puerta de la entrada al salón, fue primero una sombra, huidiza, que escapó hacia la cocina. Esa sombra regresó, como si hubiera comprobado que yo sería incapaz de hacerle nada. Esperó en la entradilla, donde se agolparon otros espectros, solo sombras, solo reflejos, sustancia tan solo de sueños y memoria. 

Poco a poco desfilaron por mí, en cuanto olvidé sus muertes, sus enfermedades y accidentes, sus, seamos suaves, autolisis. Escribo que desfilaron por mí y no ante mí porque no hubo pasos, ni un séquito, ni una blanca procesión. Los vi, los sentí, los recordé, a casi todos con cariño. Me reservo quiénes me olieron a ajo o a jabón verde y lejía. Me reservo a quienes no quise ver. 

Entonces recordé los mantras religiosos, las pseudo explicaciones de las teosofías y los centros gnósticos, y vi que los mensajes suyos calan, aunque no los escuches, que nos invaden y que retuercen la realidad y el sueño, el amor y la pérdida. 

Entendí entonces el infierno, el purgatorio, los diferentes planos de existencia. Entendí que la memoria que guardamos de nuestros fantasmas es esa otra dimensión, esos planos de existencia. Que la otra vida está en nosotros, que el recuerdo que dejamos es, o no es, nuestra eternidad. Y que el infierno, el purgatorio, son condenas ciertas. Que el rencor, seamos otra vez suaves, hacia los que finalizaron su autolisis, las miles de preguntas sin resolver que dejan, los laberintos en los que envolvemos su final son la condena al purgatorio, dejemos la suavidad, de los suicidas. Un purgatorio del que no saldrán hasta que no comprendamos u olvidemos su final. 

Del infierno no saldrán nunca aquellos sobre cuyo recuerdo podremos escupir y orinar una y otra vez con rabia. En mi infierno hay alguno que otro, junto a dictadores y generales, con olor a cabra, a zotal, al humo de las velas de los altares. 

Otro plano de existencia, otra dimensión, otra vida. Fantasmas, espectros, espíritus. Navidades pasadas, presentes, futuras. La vida arrastrando pesares, muertos y recuerdos. Reviviendo las charlas sobre esto, recordando sudokus, guisos, cuentos, bocadillos y las olas del mar. El viento que se filtra entre los árboles y las montañas de una cajita de lápices de colores. Una obra de teatro cursi o las marionetas tras un guiñol de cartón. Revivir a los espectros en sus desfiles nocturnos, esperarlos cuando se agolpan como en una sala de espera y pedirles que vengan, que nos hablen, de a poco a poco, como las aguas de un manantial, sin arrastrar nuestra vida, pero incesantes. 



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