miércoles, 23 de abril de 2025

LAS CATEDRALES NEGRAS

Desde el exterior los edificios de piedra son imponentes. Gruesos muros, sólidos, inquebrantables. Sobre sus cubiertas, o cúpulas, o en un cimborrio, algún símbolo, alguna imagen nos dice que esas paredes quieren guardar un espacio de espiritualidad; por más que se asemejen a fortalezas, por más que parezcan custodiar secretos, tesoros o la clave del Universo. 

Las pequeñas ventanas que se abren en lo muros no permiten ver el interior y este solo se intuye. En el intradós se retienen casi al completo la luz externa, el calor solar, la algarabía y la energía que los fotones, onda y partícula, trasladan. 

Una perspectiva más cercana del edificio nos proporciona otra vista en la que se perciben los muros ajados y descuidados. Nadie ha restañado las heridas de sus grietas, ni ha limpiado la verdina que nace y crece en las zonas más umbrías. Aquí, de cerca, pegado al muro, son visibles las grapas de metal, ya herrumbrosas, que han frenado el crecimiento de estas fracturas de la piedra. Suturas gruesas que han detenido la separación de la materia pero que, a costa de la elasticidad del muro, de su uniformidad y homogeneidad, han dejado cicatrices perennes. 

Mas no es en ese exterior donde habito, aunque es también mi yo, el ser carnal; es mi refugio su espacio interior, tan distinto, etéreo, mío, casi exclusivo. Un núcleo que es más inexpugnable porque no ha sido atacado que por su solidez. Antes de que resida en ese espacio, ha sido un lugar, en cierto modo, amplio. Al modo de muchos templos, distribuido en espaciosas naves centrales y capillas laterales, orden y espacio sometidos a una jerarquía de devociones y de rezos aleatoria que he de llenar. Y en ellas, en las capillas, en las naves iluminadas por lámparas de velas, consagro el culto a mi propio santoral. Y creo estar más en su altar, el Sancta Santorum del templo, su esencia, lo que da sentido a su existencia. Una esencia invisible que ninguna estatua, ninguna imagen puede representar, pues cómo dar forma a lo inestable o a lo inseguro, cómo venerar a un ángel gris sin dones. 

Pero la santidad, la divinidad de ese altar, al tiempo se corrompe. No hay otro modo de nombrarlo. A pesar de que parece sacrílego unir lo divino y lo corrupto, este templo se edifica sobre ello. Es un sacrilegio que el vulgo no comparte, pues parece sagrado porque lo encierra un templo, pues es sagrado todo lo que los hombres han señalado como sagrado. No se sabe y, quizás, es desde el primer momento en el que el templo se hace templo que la santa esencia se descompone y se deshace. Y esa imagen que no se ha dicho qué es, pues no se conoce, se diluye en libres trayectorias por el interior del templo, y estos corpúsculos de materia enferma impactan en los muros, en los arcos y hornacinas, en los pabilos de las velas y mutan sus divisiones y convierten a los titulares de las capillas laterales en débiles demonios, en minúsculos enemigos que, uno a uno, solo irritan pero que, unidos, hieren y matan. 

Habito esos espacios interiores, entre paredes que se engrosan por dentro, como un corazón o arterias a las que se adosan las impurezas de la sangre. Habito entre sombras pues la corrupción sofoca la luz de las llamas, entre las tinieblas y el frío desconocido, el largo silencio del camino ignoto y la desorientación. Habito en un templo en ruinas y entre muros desplomados. Y, entonces, el templo desnudo no protege nada, no encierra nada, no existe más. 

Así ha sido desde el inicio de mi tiempo, he habitado muchos templos y asistido al derrumbe de todos, catedrales con muros de todo tipo de aparejo, iglesias de todo tipo de piedra. Muros y contrafuertes que creía sólidos y que se desmoronaron como castillos de arena. Piedras sólidas que se deshacían como caliza y como azúcar, como si en vez de sólido granito se hubieran hecho de la superposición de conchas de lapas. Y mis templos cayeron sin estruendo, sin el rugido del derrumbe y la ruina, sino con el sordo crepitar con el que se quiebra la arena al ser pisada. 

Se tarda tiempo en construir nuevos edificios, mucho más que en derribarlos, infinitamente más que el tiempo en que son puros. Mientras se proyecta el nuevo templo hacia el cielo y decido si hacer más gruesos los muros o, quizás, hacerlos más altos, o edificar un templo mínimo como una ermita, contemplo la luz y la disfruto por unos eones. Entonces el alma se enardece por el calor, parece ser un alma más, una de esas que gozarán de la comunión de las almas; pero una punzada, un pequeño látigo, su susurro me dice: "se calienta como la negra piedra con la que construyes los muros, es como la divinidad en honor de la que levantas el templo; por eso tú habitas bajo ella, por eso ella, la piedra, que es tú, no soporta el peso de la luz. Por eso tu tabernáculo se descompone, ¿o acaso no lo estás tú?"


martes, 4 de febrero de 2025

MI AMIGA LA DEPRESIÓN.

Una imagen es muda, silenciosa. Su poder, su fuerza por encima de otras fuerzas, de otros estímulos, es que nos dice sin hablarnos, nos cuenta sin susurros. Su tiempo, inmóvil, estático, es eterno.

Una ilustración sobre la depresión, mostrada como una sombra encerrada dentro de una mujer, como una tormenta a punto de estallar en un cuerpo sonriente, esta dualidad de tinieblas y amabilidad, me conmovió. Fue el reconocimiento de algo propio que oculto y no quiero ver. Es esa imagen, por un lado, el dolor y la negrura interior y, por otro, la sonrisa fingida del envoltorio externo, juntas, conviviendo, unidas por una frontera en la carne, carne viva y lacerante. 

Es sabido que vivo, en casi toda su dimensión, que como, bebo, duermo, poco, practico deporte, leo, soy espectador de cine y de televisión, me intereso por el mundo, y que, para mí, que no tengo sonrisa, esta actitud es mi sonrisa, la máscara que porto. Pero es la tristeza endurecida en severo rictus, en serio semblante, la cortante respuesta, mi carta de presentación. Es sabido que amo y que no sé hacerlo, que no doy el calor y el abrazo que me muero por saber dar, y recibir. No es tan sabido que siento, casi sé, sin querer saberlo, que mi barrera, mi corteza, no conmueve a los demás. 

A veces mi brusquedad proviene de una reacción apresurada, adjetivo que, en mi caso, proviene de la presión y no de la prisa con la que escapa. Otras veces es el hilo, solo el hilo, de la tormenta interior. Quisiera describirlo, hacerlo visible, y hay una barrera sensorial que me lo impide. Es difícil encontrar palabras para contar como me siento pequeño, encerrado dentro de esa costra, sepultado por una catedral negra de pesados muros, ahogado por un sonido sordo y pesado, por mil voces, por mil ideas. Cómo contar que cuando me habláis, me contáis, esas palabras y peticiones sepultan mi necesidad de contar que me rompo por dentro, que necesito decir que no puedo más, que me ahogo queriendo pedir ayuda, sin conseguir enunciar mi petición. Que una cuerda interior me impide pedir un abrazo, que quisiera que alguien me mirase y encontrara una fisura en mi envoltura y viera mi interior. Y que se apiadara de mí. 

Pero esa brusquedad tan mía, esa reacción que es tan enérgica porque es un caudal enorme, aprisionado, que ha escapado por las minúsculas grietas de la corteza, provoca que nadie quiera mirar en el interior, que nadie entienda las frías tormentas, el sabor metálico, la sinfonía estridente y la serie infinita de cosas sin terminar. Y, quien me ve, sobre mí deposita más losas, construye y amolda un envoltorio más duro, una coraza, cada vez, más impermeable. 

Y soy la imagen que vi, y el hombre callado e insensible, el planeta frío de ardiente núcleo. Y soy, siempre, un trasunto de Edvard Munch, una figura desgarrada, un alma retorcida, un grito que no se oye, pero que lo inunda todo y deforma la luz, el tiempo, la vida. 

A veces río.



lunes, 23 de diciembre de 2024

LA MUERTE, SUS PLANOS. FANTASMAS.

Nunca entendí las expresiones relacionadas con la muerte de muchas religiones. Cuando escuchaba que las personas pasaban a otro plano de existencia, a otra dimensión, desconectaba. Entre mi falta de interés, la superstición, un sentimiento de traición a las creencias que me inculcaron y el aburrimiento, cerraba la mente a estas historias. 

Ayer percibí la presencia de fantasmas, de esos muertos que han acompañado mi existencia, algunos por más tiempo del que compartimos en vida. Recordé, o me visitaron, muchos. Fueron momentos de magia y de temblor, percibiendo olores, escuchando pasos, sintiendo de nuevo sus voces. 

En el pasillo, junto a la puerta de la entrada al salón, fue primero una sombra, huidiza, que escapó hacia la cocina. Esa sombra regresó, como si hubiera comprobado que yo sería incapaz de hacerle nada. Esperó en la entradilla, donde se agolparon otros espectros, solo sombras, solo reflejos, sustancia tan solo de sueños y memoria. 

Poco a poco desfilaron por mí, en cuanto olvidé sus muertes, sus enfermedades y accidentes, sus, seamos suaves, autolisis. Escribo que desfilaron por mí y no ante mí porque no hubo pasos, ni un séquito, ni una blanca procesión. Los vi, los sentí, los recordé, a casi todos con cariño. Me reservo quiénes me olieron a ajo o a jabón verde y lejía. Me reservo a quienes no quise ver. 

Entonces recordé los mantras religiosos, las pseudo explicaciones de las teosofías y los centros gnósticos, y vi que los mensajes suyos calan, aunque no los escuches, que nos invaden y que retuercen la realidad y el sueño, el amor y la pérdida. 

Entendí entonces el infierno, el purgatorio, los diferentes planos de existencia. Entendí que la memoria que guardamos de nuestros fantasmas es esa otra dimensión, esos planos de existencia. Que la otra vida está en nosotros, que el recuerdo que dejamos es, o no es, nuestra eternidad. Y que el infierno, el purgatorio, son condenas ciertas. Que el rencor, seamos otra vez suaves, hacia los que finalizaron su autolisis, las miles de preguntas sin resolver que dejan, los laberintos en los que envolvemos su final son la condena al purgatorio, dejemos la suavidad, de los suicidas. Un purgatorio del que no saldrán hasta que no comprendamos u olvidemos su final. 

Del infierno no saldrán nunca aquellos sobre cuyo recuerdo podremos escupir y orinar una y otra vez con rabia. En mi infierno hay alguno que otro, junto a dictadores y generales, con olor a cabra, a zotal, al humo de las velas de los altares. 

Otro plano de existencia, otra dimensión, otra vida. Fantasmas, espectros, espíritus. Navidades pasadas, presentes, futuras. La vida arrastrando pesares, muertos y recuerdos. Reviviendo las charlas sobre esto, recordando sudokus, guisos, cuentos, bocadillos y las olas del mar. El viento que se filtra entre los árboles y las montañas de una cajita de lápices de colores. Una obra de teatro cursi o las marionetas tras un guiñol de cartón. Revivir a los espectros en sus desfiles nocturnos, esperarlos cuando se agolpan como en una sala de espera y pedirles que vengan, que nos hablen, de a poco a poco, como las aguas de un manantial, sin arrastrar nuestra vida, pero incesantes. 



miércoles, 7 de diciembre de 2022

LAS ERAS

Nadie en su sano juicio se plantearía medir las épocas como el tiempo que transcurre entre un Mundial de fútbol y otro; nadie que no se sienta representado por la desazón y el abatimiento. Antes de decidir si soy candidato a marcar así el tiempo, antes de cualquier expresión que determine el estado de mi espíritu, debo hacer recuento de recuerdos y de emociones.

Hace ahora una docena de años viví con inquietud, pero con confianza, el devenir de la selección española. Descubrí en aquel momento que, desde Camacho, pasando por Luis Aragonés a Del Bosque, se había creado la idea de un equipo; se jugaron amistosos contra selecciones campeonas como Alemania, Argentina o Uruguay, rivales que elevaban el nivel competitivo. Aragonés fue valiente, y materializó la idea de que los jugadores podían condicionar el juego y eliminó a Raúl y a los extremos puros. Y, en 2008, dio un nuevo sentido a la triangulación de Arsenio Iglesias, al juego total de Holanda y, con la magia de la samba, conquistó un gran torneo. Del Bosque matizó la idea, metió extremos, y consiguió la gloria mundialista, y otra Eurocopa. 

En Brasil nadie quiso ver el envejecimiento de todo, de los jugadores y de la idea. Un campeonato tan exigente como el español y un modelo de torneo que prima a los clubes frente a las selecciones, nos llevó al desastre desde el inicio. A nadie se le ocurrió introducir variantes, para que nuestros defensas, ya talluditos y nuestros magos del centro del campo no tuvieran la exigencia física tan enorme que conlleva la posesión total y la presión alta. Desde entonces, y salvo casualidades,  todos los torneos han sido calcos de los otros, con jugadores que no son los idóneos para este tipo de juego, y, sobre todo, con un estilo de juego que no se adapta a los participantes. 

Yo jugaba al baloncesto desde siempre, y aprendí, sin darles nombre, todas esas cosas que se aprenden jugando contra gente mejor, más alta, más entrenada. Aprendí a desquiciar al contrario sin desquiciarme, a jugar con el cuerpo, a bloquear los espacios, a saber encajar una canasta, pero, sobre todo, aprendí a aprovechar las oportunidades, a estar concentrado en el momento necesario. Cuando dejé la Universidad dejé de jugar y solo volvi a hacerlo, años más tarde, con mis excompañeros de carrera. Casi todos, salvo Andrés, provenían del fútbol y aprendieron como un mantra que no se podía tirar a canasta hasta que no se dieran cinco pases.  ¡Joder!, por mucho que les explicara que aquello no tenía sentido si no intentaban buscar posiciones diferentes a las de partida, no se movían. Eran altos y estaban en forma, pero casi nunca ganaron, a su forma de entender los cinco pases, se sumaba todo lo que los contrarios hacíamos, algo tan sencillo como jugar y divertirnos aplicando lo que sabíamos hacer. Y hay algo en ese mantra, en esa rigidez estática y tan futbolera, que me recuerda a la bisoñez de nuestra selección. Que no es mala por edad, ni por calidad, sino por estrategia. 

Recogiendo recuerdos y Mundiales, de las decepciones españolas me salvaron Italia en el 82, Argentina en el 86, Argentina y Camerún en el 90 y Francia en el 98. No recuerdo Mundiales anteriores, ni tengo especiales buenos recuerdos de otros campeonatos. Mi periplo vital no está unido a estas imágenes, aunque conforman un conglomerado absurdo de belleza, fuerza y números. No podría decir que fui feliz del 82 al 90, o en el 98. Tampoco infeliz con las decepciones españolas. Ni mi vida mejoró tras julio de 2010, salvo en el espacio interior más íntimo que está junto a la autoestima. 

Parece absurdo unir mi mundo emocional a las veleidades de un balón, a la conspiranioca idea de que está todo casi decidido, a que no cuentan el juego y la calidad sino el dinero y la buena relación con los capos de las federaciones. Es absurdo y me representan más los cursos escolares que los períodos deportivos entre Mundiales o Juegos Olímpicos. Pero no niego mi condición ciclotimica y mi tendencia a ver el lado oscuro de mi vida, justo como lo que ocurre con nosotros tras cada Mundial..

martes, 23 de noviembre de 2021

TURISTA

Si hubiera de mirar esta ciudad con ojos de turista, y, si se diera ese deseado caso, me correspondiera elegir una calle como memorable, o bonita, o tan solo decente, no hallaría donde elegir. 

Con esa perspectiva, y perspicacia, que tiene el visitante ocasional vería la verdad de las calles; aún cuando si por una casualidad estuvieran limpias. Y podría contar que están hechas a retazos, con recortes de otras calles, con faroles de otras épocas, con piedras de otros lugares, con ideas de unos y estropicios de muchos. 

Mi memoria recae en una calle de pronunciadas pendientes, una cuesta, que, a mitad de recorrido, hace un pequeño giro a la derecha, si el sentido del caminante, o de la vista, es descendente, o al contrario, que un turista deambula como nadie, y lo mismo asciende que desciende, que ese es el ánimo de la visita, exprimir las acciones y las visiones. Pues si ha de recorrerse esta calle, o tan solo mirarla, se descubrirán mil pendientes y adoquines, y ondulaciones y asfalto, y desniveles y algo que no se sabe qué es, si piedra u hormigón o cualquier otra cosa que sea distinta a lo anterior y dañe la vista. Así es la senda que se puede recorrer, a la que afloran calles de pretensión moderna y calles que fueron antiguas y han decidido morir. Que se ilumine ya es un logro, aunque sea con una luz macilenta y triste, porque a hermanas suyas las alumbran modernos bastones de luz que quieren representar el progreso y que parecen, en contra, una compra de saldo en un pequeño colmado de dueño oriental al que se ha acudido un domingo a deshora. Y que ni están iluminadas ni llegarán a ellas las luces públicas, ni las luces de los que las conciben, que a la vista queda claro, aunque sin luz, que tampoco existen. 

Es triste está decepción, pues todas las vistas podrían confluir en la excelsa iglesia construida a las faldas del bastión medieval, pero se interrumpen en un zigzagueo de cornisas, postes amarillos, cintas bicolor que prohíben el paso y la mirada, y mensajes publicitarios sobre las fachadas desiguales de cal, pizarra, ese engendro que llaman perlita y azulejos. Y la vista, y la mirada, y hasta los ojos, sufren. 

Haré trampa en esta historia, pues no desconozco los lugares recónditos del pueblo, y pasar a lo evidente, a los olvidados campos y al engañoso olivar, al león sedente de la campiña, herido por la voracidad de buitres en su costado, o a la triste serpiente de mar que antaño fue un río, sería tirar a blanco fácil. También lo sería pasear por los artificiales jardines que exhiben, como si fueran un muestrario vegetal, ejemplares de mil hábitats, y que a nadie benefician, pues ni los árboles se encuentran a sus anchas, que ya lo dijeron ellos mismos en su asamblea Ent, ni lo está su savia, sedienta siempre del líquido que alimenta la vida de las gentes, que llenaba los pechos de las madres, ahora más vacíos, que el trópico demanda el agua de sus fuentes. O por ese mastodonte, por ese prodigio en el que se pierden los dineros y los tesoros, que llaman espacio regenerado, que no es sino un cementerio de ilusiones y desmanes, un verde impostado en las cicatrices de la tierra; de donde antaño mordieron las máquinas y la avaricia humana, beben ahora las promesas de un futuro de mentira y, si antes devoraron la piel de la tierra, ahora matan al devenir prometido. 

Y la trampa se hace pues la belleza posible queda oculta, tras matojos y tras piedras desabridas, en paisajes, afortunados paisajes, olvidados para el hombre, en donde las secas zarzas viven su muerte y resurrección cíclica, adonde fluye el agua y marcha libre hacia donde la gravedad y las energías potencial y cinética la dirigen, adonde el agua es pura, ya sea salada, caliza o dulce, pues este agua es libre y como tal no sabe a quién besará y bendecirá, sino que corre lejos de calibres y de usos, sobre el musgo vivo y sobre secas tierras que adquieren su olor a humedad, sin ser remansada nada más que por el abrazo de la tierra que se ahueca para acogerla. Y es bella la roca desnuda adonde no llegan las máquinas, adonde no conducen las ruedas del ciclista sino las alas del buitre y del águila, las pezuñas de las cabras, las patas de musarañas y ratones de campo, o el vientre de las culebras. 

Y es que nace esa naturaleza libre de ideas, sujeta a las leyes primordiales, las que se originan en la existencia, las que explican por qué sale el sol, por qué llueve, por qué fluyen los arroyos... Y es que esta ciudad renace cada vez que la salvan los ilustres, de una forma estas semanas, de la contraria las próximas y todas distintas a como fue hace otras cuantas. Que es esta antigua ciudad una concurrencia de ruinas despojadas de sus propias ruinas, un lienzo en el que conviven la falsa abstracción con el rancio costumbrismo, el inspirado boceto con el retocado dibujo, un pastiche de ideas iluminadas que ninguna alma sobria habría dejado aflorar.  






viernes, 23 de abril de 2021

RAPSODIA DE HISTORIAS ALREDEDOR DE UNAS COPAS DE VINO

Las copas están sucias, unas muestran restos de un albariño dorado, otras las del potente, y común, rioja que han preferido otros invitados y dos de ellas muestran restos de vino y desprecio. Ha habido quien ha cometido un sacrilegio pagano mezclando en el interior de las copas los posos de la bebida, un par de servilletas y unas cuantas colillas de cigarrillos rubios.

Vacío las copas, mordiendo esta suciedad y envuelto en una pena inexplicable mientras los restos del vino caen al fregadero. El tacto fibroso y astringente de los filtros, ahora húmedos, acrecienta mi repulsión y malestar. Abandono las copas en algún sitio y me entrego a una ensoñación irredenta como penitencia por la conversación robada a estas copas de vino mancilladas con desdén. Las conversaciones son historias que nunca serán contadas en voz alta, disparates nacidos en los efluvios perdidos.  

En mi ceja izquierda hay un pelo rebelde. Es un elemento de mayor calibre que el resto de congéneres que habitan sobre mi arco ciliar. Este pelo, insignificante en tamaño frente a mí, frente a uno de mis dedos, frente al mundo, me molesta. No es un dolor normal, ni moral a pesar del aspecto de viejo escribiente que me da, sino un agudo y continuo dolor, como el de un cable horadando mi piel. 

Este pelo, este grueso vello, esta cerda, esta púa, me atormenta. En días benignos, incluso en días de confinamiento, se lo arrebato a mi cuerpo con unas pinzas de depilar, pero eso no es siempre; otras veces lo dejo crecer, sin cariño ni olvido, sino con el beneplácito de que su existencia lo convierte en mi esclavo privado, ese que me recuerda que debo morir, que debo envejecer. 

Recuerdo una vez que su rebelión fue larga, que había construido un imperio ocupando cual serpiente todos los huecos que el resto de vellos de la ceja dejaban. Con los días me había acostumbrado al dolor, a su continua presencia, incluso al lento ruido con el que crecía, pero, una vez, al mirarme al espejo vi una especie de infinito sobre mi ojo derecho, un infinito de grueso trazo, de miles de vueltas; esa vez lo arranqué a mano, aunque bien debiera decir que lo arranqué con las dos manos y que pude averiguar su peso pisando la báscula. No es señorial ofrecer medidas exactas sobre elementos del cuerpo humano si no se es médico, sastre o tallador del ejército, así que acotemos este peso en una cifra indeterminada entre el de una lenteja y un melón. 

He conocido a un personaje con una extraña virtud, es un hombre sin ningún sentido del ritmo, ni absoluto, ni parcial. Este hombre es monitor, en varios gimnasios, de esa bendita modalidad de ciclismo de salón que se practica al son de canciones. Por fortuna para mí, a pesar de mis periplos, a pesar de mis veleidades deportivas, solo coincido con él en uno de ellos y en pocas ocasiones. Siempre que puedo lo evito, y puedo jurar que en esta acción de escape no influyen ni su estatura, ni su forma física, ni su calvicie y, ni tan siquiera, que no entienda sus instrucciones, que cuando dice baja es sube y cuando dice sube, y uno piensa que, por compensación, quiere decir baja, a veces es sube, pero no todas, que a veces también es para. Pero no, evitarlo es por una cuestión de salvaguarda de mi memoria operativa. 

En el ciclismo de salón, spinning vulgo dixit, la música acompaña al ejercicio hasta el punto que cada golpe de pedal coincide con un golpe de bajo, de batería, de voz, o, doblando el ritmo, coinciden cada dos golpes de pedal. Una clase aplicada y un experto profesor consiguen un ritmo común en los alumnos. En las clases de este hombre recuerdo las asignaturas de Mecánica y la frecuencia natural de cada cuerpo, de cada estructura. Recuerdo conceptos como la frecuencia armónica, esa en la que varios cuerpos entran en resonancia cuando sus frecuencias naturales coinciden y que ha llevado al colapso a puentes y grandes estructuras. Veo la clase y me maravillo, el monitor ha conseguido con sus instrucciones que todos los deportistas de la sala llevemos un ritmo diferente, por supuesto, independiente al de la música.

Mis acendradas creencias en la normalización y estandarización vuelan por los aires. Para alguno de ustedes será algo banal, para las mentes cuadriculadas ese desconcierto es un crimen natural. En ocasiones, y como antídoto al desorden, intento calcular las frecuencias naturales, las pedaladas por minuto en función del peso del deportista, el color del coulotte en relación a la canción que se escucha, la potencia por sorbo de agua de cada uno, pero mi cerebro entra en overflow en cuanto somos más de tres, ha pasado un minuto y alguien pedalea al ritmo de vals un reggaetón rápido, o hace un esprint con una balada italiana. Abstraerme de eso y fijarme solo en el monitor, intentando autoconvencerme de que él es el que va bien y los demás los que no sabemos seguir un sencillo ritmo de batería, es casi peor. En esos momentos he computado, en un computador mental meramente imaginario, mi frecuencia y la suya, olvidando que hay una música que marca el ritmo, y he acompasado mi frecuencia a un múltiplo de la suya, he calculado el mínimo común múltiplo y me he puesto a pedalear. En un experimento tradicional, si no coincidimos siempre, cada dos, cada cuatro o cada cinco ciclos deberíamos coincidir. En este experimento eso pasa una vez, las otras veces ocurre cada 3,1556 la primera, cada 4,2355 la segunda o cada 23,56554 la tercera, si en la clase da lugar a una nueva coincidencia, que es raro el fenómeno. Alguna vez incluso mirando al profesor en el espacio que ocupa ha habido como un vacío que perturbaba la luz, el espacio y la materia, como una especie de borrón incomprensible. En esos momentos, he llorado; para mí que se obra el milagro y se demuestra la existencia de la raíz cuadrada de -1.

Algunos piensan que es un mal monitor de spinning y no se dan cuenta de que, en realidad, somos afortunados de contar con tal prodigio, de que su arritmia ciclopédica, es, a la vez, un ejercicio de seguridad evitando la resonancia del gimnasio y un experimento de Física Teórica sobre el movimiento de partículas subatómicas que este genio realiza con alumnos de gimnasio. Y esto lo sé tras matar neuronas y neuronas en cálculos e iteraciones interminables.

No acierto a saber en cuántos milímetros cuadrados reside mi equilibrio, mas, seguro que, dado mi peso, nada liviano, y dada la superficie de apoyo de cada rueda sobre al asfalto, reducida por la presión interior del neumático, la presión por esa área es alta. Muy alta. A veces pienso que vencer esa presión es lo que me impide ser más eficiente en la bici, o quizás solo eficaz, pues ni una ni otra cosa consigo. Luego, justo cuando me sereno, pienso que nada tiene que ver la presión con el rozamiento, y que este solo depende de mi masa. Y que, menos aun, la presión nada tiene que ver con la fuerza que he de vencer del aire, resistencia líquida y variable. Son asuntos de aerodinámica y de masa, que quiero convertir en algo trascendente y que tienen más que ver con mis malas costumbres: sentarme de forma inadecuada y comer más de la cuenta. Volvamos al principio, a los principios: son las conductas aprendidas en la niñez las que nos modelan. Y no me inculcaron nada sobre la bici, ni sobre la comodidad, al contrario, siéntate recto, hombros atrás, comételo todo, no dejes nada en el plato; principios que cumplo, posturas que engrandecen al viento y a la gravedad.  

Miro la banda de rodadura de la rueda delantera, acaba de llover, y el asfalto está húmedo y sucio. Esa delgada línea empuja hacia mí, hacia su motor, un hilo de agua marrón. Lo miro y lo siento, pues cada una de sus gotas, por microscópica que sea, va golpeando ora en mis piernas, ora en mis manos, ora en mi cara, que todo depende de la inclinación de la carretera y de algún soplo eólico. Arrecia la lluvia y esa línea marrón se vuelve clara, casi transparente, que hay que estar avezado para distinguir entre la pureza del agua el grano de alquitrán que se despide de forma centrífuga o la brizna de hierba seca. Es curioso este fenómeno del agua limpia, pues si entiendo que el agua estancada en la carretera me manche y ensucie mi bici, mi piel y mi ropa, no entiendo que el agua clara no las limpie y que, sin embargo, las ensucie más. Es en ese momento cuando cae un aguacero, de agua limpia, que me empapa, que crea una cortina de agua sobre mis gafas, y dejo de pensar en microgotas como de aspersor y me centro en controlar mis manos, mi bici, la bajada. Como para quien quiera buscar siempre hay algo, pienso en lo fría que está el agua, que vemos llover y nunca pensamos en eso, en la temperatura del agua, que todo nos parece una ducha, y concluyo que no serán el viento y la masa los que me retienen, que no será la falta de tensión ni de fuerza de mis piernas, sino un ancla al mundo de las divagaciones, de los sueños, el que me ata y me frena. 

A divagar se le llamaba en tiempos filosofar, quizás ese nombre venga grande, porque quizás ese nombre una a Aristóteles con el bebedor taciturno e indolente de taberna cordobesa, porque quizás una la austeridad y la rectitud con el olor penetrante del vino en la barrica, así como huelen esos lugares cuna del senequismo. Los estudios de Filosofía nos quedaron grandes a los que los los tuvimos que pasar, y sufrir, y disfrutar, en nuestra época, pero para los estudiantes actuales son materia incomprensible. Para la Filosofía es necesaria la reflexión y para esta, la pausa. Esa pausa, la lentitud, la concatenación de ideas y de genialidades perdidas, es materia de otra época, casi de tiempos en sepia o en blanco y negro. Una persona que viva al día, al segundo, que reaccione por impulsos a la lectura de un mensaje electrónico o un eslogan de pocos caracteres, vive cerca de su cerebro de reptil, entendiendo las ideas de otros como amenazas. Un cerebro así está lejos de la plenitud estelar, de ese mundo de brillos sobre la negra bóveda nocturna en el que brotan ideas como cometas; habrá, pasarán, pero será tras el tiempo, tras el largo aburrimiento y la observación extenuante. Malos tiempos para el saber al que han derrotado la rapidez de la inteligencia electrónica y la mentalidad salvaje del hambriento. Que son voraces hijos los que devoran a la madre, impías máquinas, impíos informados los que fagocitan la inteligencia.

Los poetas tienen algo de filósofos, hablemos del ilustre sevillano que recordaba limoneros, hablemos del poeta del pueblo, hablemos del fatalismo lorquiano. La poesía es Arte mayor y Arte menor, que fuera de la evidencia semiótica, del metalingüismo que es decir esto, es verdad. La más elevada y pura, y difícil de las formas de escritura es esta, la poética; el oficio de encuadrar en un número de sílabas las palabras de amor, la imagen pura o la rabia, de retorcer las líneas encajando, como filigranas, los ritmos, las subidas y las bajadas, es oficio de genios. Arte inalcanzable para los mortales. Cada voz de un poema es una voz que trasciende, ya sean el poema chusco, o las torpes rimas asonantes con que, a menudo, nos quieren deleitar los vates locales. Estas voces, que recogen las palabras inmundas que en su orden y con su sonido no merecen escribirse, son útiles como ningunas. Que cuando no son presuntuosas, ni engreídas, ni engoladas, hablan del alma del escritor y que, cuando son pretenciosas, aun dicen más, pues nos pueden mostrar al adolescente en fiebre de amor o al idiota creyéndose inmortal. Arte, en suma, el poético que desvela el alma del escritor o al escritor de muchas almas; arte menor para conocer almas, Arte mayor para vivir las vidas del poeta.

En la prosa se procura la belleza. Por muchas formas, desde la brusquedad y provocación hasta el poético escrito, desde la carta de amor a la novela descriptiva o intimista, el autor busca la emoción, base de la poesía. Platero y yo es obra poética, de estructura métrica desconocida hasta su escritura, que los versos son capítulos y las rimas repican en el alma. Mas, sin caminar por esta frontera etérea, podemos pisar sobre la belleza en obras que promueven la náusea o la tristeza, la sonrisa o la erección, en obras con frases cortas, incluso con una única palabra, o rebuscadas, retorcidas como aquel vello del que se habló. Y estas estructuras y formas, bien ordenadas, bien conjugadas, pueden emocionar, perturbar el espíritu, así como hacen los poemas. 

Mis escritos son complicados, lo sé. Y nunca tienen una forma común, lo sé. Mas me dicen que se reconoce mi estilo y eso me halaga. Intento buscar el ritmo adecuado, la idea apropiada, la reflexión serena y esconderlas en arabescos imaginarios, en visiones propias, en un lenguaje común pero poco frecuente. Lo intento y lo más difícil es ser, en esa lid, un triunfador. Mi viejo inspector Gutiérrez espera una oportunidad y una idea; las hay, pero desarrollar una trama me parece complicado y más relatarla a fuerza de fogonazos, con la suma de imágenes, sin la concatenación propia de una novela; y con esas oraciones tan largas y retorcidas que me salen, se me antoja proeza para otros tiempos. Que es verdad que son oraciones largas, llenas de palabras, sin pausa, pero que no es que salgan así sino que así se pretenden las más de las veces. 

Entrevisté al viejo inspector Gutiérrez hace tiempo, debiera entrevistarlo más a menudo para sondear su opinión y la deriva y olvido con que lo trato, pero me quedo con lo que me dijo: "Amigo, tiene ante usted a un personaje que le puede valer para casi todo. Y cuando le digo casi todo lo primero que excluyo es que pueda servir como protagonista de historias galantes. El inspector Gutiérrez, ponga usted eso de viejo si le parece más literario, no tiene esa suerte; jamás ha resultado atractivo a nadie. En cambio, sí le puede valer para desengaños amorosos y amistosos; para hablar de corrupción, de misterios, de encuentros con personajes de verdad. He conocido a mucha gente, desde el profesor Arresye a Lipschitz. Algún día le contaré cómo investigué a un sospechoso de ser intelectual y de cómo él me llevó al norte de África para descubrir el origen del himno español y de una derrota de los portugueses silenciada por la historia. También le gustaría saber de la existencia de un rama científica de la Iglesia católica, han llegado a tales límites en la Física que están en un punto en el que no saben si deben descartar la existencia de Dios o si lo han materializado. Pero, en un ámbito mucho más local, hay dos historias que le gustarían. La primera tiene que ver con un suceso que investigué en mi primer caso en Sevilla, en el entorno de la Alameda. En aquella época, cuando la Alameda era la Alameda, viví una historia de sacrilegios, mutilaciones y corrupción policial. No le adelanto el caso, digamos que nunca acaban mal del todo para los malvados sus tropelías, digamos que este es un ejemplo; pero le adelanto que, en una carambola del destino, pude vengarme. Mi otra historia es un caso de falsificadores; pensará usted que falsificadores de arte o de moneda y errará. Se trata de un caso de falsificadores de la Historia, un amigo cordobés afincado en Grecia me advirtió de lo que allí estaba llegando. De repente, la Historia tal y como la conocemos, estaba mutando, poco a poco. Ya ni Mérida, ni Córdoba, ni Toledo, ni Cádiz, ni Ampurias estaban siendo mostradas como las capitales que fueron, y para los griegos, Madrid y Sevilla, ya eran los faros de la Antigüedad y del medievo. Descubrí que no solo estaban llegando esas historias a Grecia, sino a toda Europa, y a los propios libros de texto de España. Se trataba de un grupo de historiadores que antes habían hecho lo mismo con la historia catalana, algo de risa, y que se vendieron a otro postor, esta vez, en favor del centralismo. Si se quiere usted reír, hágalo, pero déjeme que le cuente que aquello casi que me importaba un pijo, lo que me indignó fue como un club de Sevilla contrató a este equipo y pervirtió la historia. Que descubrí la falsificación de documentos y cómo, de repente, el Recreativo de Huelva había perdido su condición de decano del fútbol español. Este club que le digo, preparó actas falsas y periódicos falsos, sí, como en 1984 de Orwell, y adelantó 15 años su fundación hasta 1890. Solo puedo adelantarle que de lo que resolví no puedo contar más pero, desde entonces, tengo pase libre a varios estadios; por supuesto en Huelva, pero también en los de rivales, que el varapalo para el club falsario fue mayúsculo."

Al viejo inspector Gutiérrez lo encontré hace poco de casualidad. Es más viejo y su aspecto lo demuestra. Sus arrugas, sus canas, le dan el aspecto senatorial que merece y que, creo, siempre buscó. Lo he encontrado en la terraza de una cafetería, aprovechando el sol de invierno, bebe una infusión de manera elegante, como han hecho siempre los extranjeros con posibles; sobre la mesa el azucarero, la jarra de leche, la pequeña tetera y una botella de agua mineral acompañan a la taza y al vaso cristalino lleno solo hasta un tercio de su altura con el contenido de la botella. Me habla y me comenta que ve una sombra sobre mi ojo, como si hubiera un vello rebelde pugnando por dominar ese espacio. Me habla y me dice que me ve más delgado como si no supiera llevar el ritmo, como si hubiera perdido el equilibrio, que a ver si no voy a saber ahora ni montar en bici. Me habla y me recuerda que hace tiempo que no lee nada mío, que si he dejado la escritura, que, quizás, podría haber escrito algo bonito sobre él o sobre la vida de alguien. Me habla y me dice, olvida, olvida, en el olvido está el homenaje, sepulta lo que sea en tu memoria y conviértelo en abono para tu vida, para tu esencia. Y, me aconseja, que, nunca, nunca, filosofe con tristeza; que nunca, nunca, pida una copa de vino para olvidar; filosofa con tristeza cuando el vino no la amanse; usa el vino para divagar pero no para apaciguar tu alma; calienta con el vino tu corazón y templa tu cuerpo, pero no inflames tus aflicciones con alcohol. 

Me habla y me dice: "Los jodimos. Nos ha costado caro pero los jodimos. Quisieron ser más antiguos incluso que el fútbol, pero los jodimos". Y, dichas estas cosas, se levanta, me saluda tocándose un sombrero imaginario y se despide. No sé si hasta siempre. 











viernes, 24 de agosto de 2018

EN LA MONTAÑA

A medida que asciendo por la ladera siento, cada vez más, mi carga más ligera. Cada etapa que cubro me remite a un libro escolar en el que se suceden paisajes y climas húmedos, boscosos, áridos, nevados y mortales.

Asciendo tras dejar la orilla de un caudaloso río en el que he calmado mi sed, en el que también he lavado mi piel y mis ropas para ascender lo más puro posible, ensuciando mis ropas solo con el polvo del camino de la montaña, para sudar solo sudor de la humedad de la montaña y para ser solo montaña sobre la montaña.

Un bloque cerrado y algo sombrío es el primer parapeto tras la llanura. Conífera tras conífera, algún helecho y algunas plantas y árboles cuyo nombre desconozco, aunque alguna vez lo leí, esconden el sol y llenan de sombra un camino almohadillado de hojas de pino, hojas ahusadas y frutos con coraza. Durante este terreno ya he olvidado si la ropa que traigo es tan vieja que me avergüenza vestirla o si, por el contrario, es tan nueva que también me ruboriza estrenarla. En este bosque no pienso en otra cosa sino en andar, sentir bajo mis pies el camino reblandecido; en el sordo crujido de la vegetación más seca, en oler la savia y la resina de las heridas de estos árboles.

Arriba, apenas un poco más arriba, el camino se vuelve un camino ralo; se esconde de vez en cuando entre algún arbusto y, resistente, asciende tortuoso, entre piedras, sobre polvo, sobre raíces rastreras. A estas alturas ya he olvidado la herencia, el coche abollado, el dinero gastado, la botella de vino que he dejado a medio beber y la Roner que se ha comprado un idiota. Podría ser que la falta de oxígeno afecte a mi cerebro, pero sé que no es ese el motivo de mi olvido; sé que son cosas tan pequeñas que han caído por los agujeros de mi mochila, esta sí es vieja; sé que son cosas que quieren estar sobre la tierra y yo estoy ascendiendo. ¿No véis, cosas, que ascender es sinónimo de elevarse? ¿No véis, cosas terrenas, que no podéis elevaros? ¿No veis, cosas, que estáis vacías pero pesáis?

Apenas quedan plantas, reptiles, vida, al tomar el tramo árido por el que subo ahora. Esta mañana al despertar, con mi mejilla sobre el saco y el saco sobre el suelo, he visto una llanura, una llanura salpicada de neveros, de rocas caprichosas; he visto saltar a un conejo blanco y he creído que era una ilusión. Pero la sensación de enfrentarme ahora a una planicie inclinada e indómita, como si fuese un gigantesco tobogán me embriaga, y decido no pensar en el conejo, o conejílope, pues otra cosa no puede ser.

Habrá un día en el que mire desde la distancia esta mole granítica, un día en el que observe la desértica montaña, la inclinación imposible y piense en que fui capaz de subir. Y me sorprenderá. Ahora no; ahora subo, escalo, trepo; fijo mis crampones de saldo sobre el suelo, me aso a los salientes que me ofrece mi camino y me elevo un paso; así, paso tras paso, esfuerzo a esfuerzo, el camino se hace, arduo, duro y limpio. Limpio de todo lo que no sea camino, asegurar el paso, mirar la cima y planear dónde colocar el pie. Pues el objetivo lejano no puede alcanzarse sin lograr el objetivo inmediato. Por un breve momento pienso en esa idea, mas sin desecharla la olvido; estoy en un camino y el camino es caminar, caminar, caminar.

Es la tarde, casi al atardecer, cuando he alcanzado la última etapa. Estoy bebiendo agua, comiendo un bocadillo y, ahora sí, puedo pensar; puedo mirar hacia arriba y ver a un par de horas de subida la planicie de esta cima; puedo mirar hacia abajo y admirar la senda recorrida, y recordar a Machado, y pensar que desandaré mis pasos, podría andar sobre mis huellas, pero transitaré el mismo lugar, el mismo sendero, y no serán nunca el mismo camino.

Emprendo ligero de mí la última etapa; tras pasar la noche en el vivac, algo de mí, lo superfluo, lo pesado, lo incómodo, ha quedado atrás. No olvido lo que dejo allí sepultado, lanzado ladera abajo, pero no pienso en ello, no me arrastra; esas ideas flotan como los copos de la nieve que, a veces, están humedeciendo y refrescando mi rostro. Este sendero es suave, parece una escalera sutil, tallada en la roca, forjada para los hombres que la subimos. Fácil parece, sé que no lo es, pero la cima, con su aliento, parece arrastrarme hacia ella. Hacia la cumbre, hacia el límite del cielo.

Una planicie, no mayor que mi casa, es la cima. En ella algunos monolíticos pilares, enhiestos, verticales, la convierten en un antiguo lugar de culto, de adoración. Sé que es imposible, que no ha habido hombres cargados de herramientas que anduvieran este camino para construir este lugar, lo sé. También sé que estoy solo, aquí, en la cumbre, junto al origen del cielo y el inicio del mundo.

Un día aquí es un mundo. Si alcanzar la cima fue un viaje, conocer la cima, encontrarse en la cima, conocerse en la cima, es otro. Y puede que sea mi viaje hacia la locura porque lo que veo no es la visión que debe tener un hombre cuerdo. Me duele un poco la cabeza, es cierto, y hasta he temido sufrir el mal de altura, pero abajo, junto al equipaje que me lastraba, dejé la hipocondría y tengo que suponer que no es ese mal el que me afecta, sino que es una alucinación encontrarme con un hombre en la cumbre.

Mis montañeros amigos me dirán que casi nunca se hace cima en solitario. Y eso sería esperable. Pero sé que desde hace días, meses, no ha subido nadie aquí. Y este hombre estaba aquí antes de que yo llegara, así que, de ser ciertos los datos que manejo, este hombre llegó en la última temporada de escalada. Si así fuera, de qué ha vivido, qué lo ha alimentado, qué ha hecho. Todo eso suponiendo que siga vivo, puesto que, desde que esta mañana lo vi, ya hace horas, no se ha movido de lo alto de uno de los monolitos. Espero, y espero asistiendo al espectáculo que puedo vivir, el de la naturaleza, el de mil temporadas y estaciones en la cumbre, pues así se suceden aquí las nubes y el viento, la lluvia o el granizo, con el sol, el calor o el frío. Espero, y además de esta naturaleza salvaje, de este abrumador espacio, lo que encuentro no es sino silencio y un hombre encaramado a una piedra, inmóvil. Y en silencio.

Puedo contar que la segunda jornada y la segunda noche no se han diferenciado en nada salvo en que he sentido frío y entumecimiento, un poco de hambre, un poco de soledad, que no siento como algo buscado, sino como una especie de hambre más, hambre del alma. Puedo contar que dudo, que sueño, que desespero porque no sé qué me ha hecho venir, subir, sufrir y esperar en esta cumbre. Puedo contar que sé que se siente frente a lo inmenso en solitario, nada si eres fuerte. Todo, como si fueras alguien perdido en la muchedumbre, si no eres tan fuerte.

Al tercer día, e imagino mis enseñanzas católicas pugnando por manifestarse, he decidido cambiar y girar la monótona sucesión, y lo hago, ejemplo frente a modelo, subiendo y sentándome con las piernas cruzadas sobre una de estas losas. Y allí quedo, allí rezo, allí siento que quizás allí quede para siempre, que quizá allí rece, coma o recuerde por última vez.


  • ¿Cuál es tu nombre?, es la voz del montañero que está frente a mí. Su voz me llega pero sé que no habla. Lo sé aunque mantengo cerrados mis ojos; lo sé aunque no me haya movido. Lo sé, aunque no sé por qué lo sé.



  • ¿Importa mi nombre?, ¿acaso importa eso? Me importa saber que quise ascender y ascendí, que quise subir y subí, que quise estar solo y estás tú. ¿Cuál es tu nombre?, por cierto. 



  • Podría ocultártelo, hacer como tú y esconderme tras una máscara de ignorancia, pero no me conduciría a ningún lado. Y quizás fui descortés por no presentarme primero. Mi nombre es Miguel, he venido de muy lejos a meditar a esta montaña. No sé cuánto tiempo hace que llegué, pero aquí estoy , rompiendo mi silencio para darte la bienvenida.


Sus palabras fueron educadas, casi dulces, dichas con el cantarín español que se habla en América; aunque no sé si, en realidad, ese acento es un recuerdo que he construido o fue el que me habló aquel día. Sus palabras me animaron a contestar.


  • Sabía que llevabas tiempo aquí. Allá abajo hace tiempo empezaron a restringir los permisos para la montaña y yo solo conseguí uno gracias a cierta lotería; pero era el primero desde la pasada temporada de ascensos. Lo que no sé es cómo has sobrevivido aquí.



  • Aunque te extrañe vine a meditar, a revivir en todos los sentidos mi vida y solo ha hecho falta vida para alimentarme. Aunque te extrañe, algo que veo en tus ojos, algo que se anticipa a las preguntas que te haces, vine, como te dije, a meditar, a decir adiós a parte de mi vida, a hacerlo en silencio y soledad.



  • Gracias entonces por sacrificar tu silencio; perdón por romper tu soledad.


Sentí como Miguel apretaba sus ojos en señal de aprobación y relajaba su alma. Jamás he sabido cómo se sienten esas cosas, cómo se percibe el alma de otra persona, cómo la oscuridad y la distancia pueden hacernos percibir eso. Jamás lo supe hasta que lo sentí. Con los ojos cerrados.


  • ¿Has subido con un objetivo deportivo?


Negué con la cabeza.


  • No. Podría parecerlo, podría haberlo hecho, pero no. Sería una mera excusa. En realidad busco algo. 



  • ¿La soledad?



  • No. Sé hacer cosas solo, ver películas solo, trabajar solo, entrenar solo, pero no llamaría a eso soledad. No quiero ser un solitario; aunque a veces lo parezca, no. Tampoco sé muy bien lo que busco, no sé si me perdí en algún camino y creo que desde aquí, a vista de pájaro, sobre él, puedo verlo y encontrar el desvío en que me perdí; no sé si busco una encrucijada o si busco encontrar algo o despojarme de algo...¿Y tú?

  • Te contaré lo que hago yo aquí, pero creo que usaré parte de tus palabras. Hace años encontré al hombre perfecto para mí; sé que es egoísta pensar así, pues él habría sido perfecto para cualquiera; y sé esto porque él me hacía pensar, y sentir, que yo era el hombre perfecto para él. Un día, durante uno de esos caminos de la existencia, él cogió un oscuro sendero hacia el otro lado de la vida y lo perdí. Subir aquí me hizo creer que estaría más cerca de ese mundo que ahora él habita. Subí aquí pensando que me despojaría de la tristeza de no tenerlo, soñando que encontraría algo de él que ya no tengo. Y desde que subí ando meditando, buscando algo, soñando con algo que no sé qué es.



  • Siempre pensamos que los caminos de los demás son más fáciles. Permíteme decirte que creo que no hayas venido tú, sino que has venido porque él te ha llamado y te ha traído asiendo tu mano, porque es posible que hayáis caminado juntos muchas veces, uno junto al otro, separados por el telón que separa dos mundos, y que te ha traído aquí al punto donde se unen ambos, este confín entre cielo y tierra, para estar lo más cerca de ti posible. 


Miguel lloró, rompiendo su silencio, con sollozos ahogados, con temblores de hombre, con franqueza de niño. Lloró y lloró hasta que lo rindieron las fuerzas. Nunca he sabido el tiempo que tardó en volver a hablar.


  • Amigo, llevo aquí mucho tiempo. Contigo en esta cima he compartido apenas un momento, es lo suficiente para considerarte mi amigo. ¿Puedo considerte así?



  • Gracias. Claro que puedes. Yo también te considero mi amigo. Así lo siento. 



  • Dices que has venido perdido, sin saber lo que buscas, pero a mí me has hecho encontrar algo que no sabía que buscaba. ¿Sería eso, encauzar mi búsqueda, lo que tú buscabas?



  • Esa puede ser una de las razones que me trajeron. Pero debe haber algo más, algo que calme mi sed y mi hambre. 



  • ¿Por qué has venido solo?



  • En realidad porque pensaba que no necesitaba subir esta montaña, que ni me sobraba ni me faltaba nada. En realidad, he subido por mi pareja.



  • ¿Te ha abandonado?



  • No, ¡qué va! Mi pareja ya subió otras montañas; subió y regresó y ha vuelto a subir y a regresar. Pero nunca me ha contado qué busca en la montaña, qué la ha traído, qué le da esta cumbre.



  • Amigo, entonces lo veo claro. Sigues a tu pareja para estar con ella, para comprenderla; habéis subido solos porque cada uno tiene caminos distintos y es posible que montañas distintas.


Esta vez fui yo quien calló; quien lloró con sollozos ahogados, en el silencio en el que me enseñaron a llorar.


  • Miguel, ¿cuánto tiempo debemos estar en la montaña?



  • Hasta que la montaña nos diga que bajemos, hasta que nos encontremos; hasta que yo encuentre la manera de hacer que él viva en mí sin morir cada día otra vez.

El silencio domina un tiempo infinito. Un infinito imperceptible, apenas una lágrima de tiempo en el océano eterno.

  • Miguel, ¿lo añoras?



  • Sí.



  • ¿Lo quieres?



  • Sí.



  • Miguel, es tiempo de bajar.


Y Miguel con su poderosa imagen de nativo ancestral abrió los ojos, me miró, besó mi frente y empezó a descender con ligereza mientras yo quedaba sentado sobre el monolito.

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Jamás he sabido si hay algo en las alturas que nos conduce a la más dulce locura; si la escasez de oxígeno, la ligera presión de la atmósfera o nuestro cerebro preparando dulcificar la muerte nos preparan emboscadas como esta. Jamás lo sabré.

Con el tiempo he sabido que es verdad que escalé la montaña, un ascenso arriesgado, pero planificado, sin apenas medios. Con el tiempo he sabido que otros que hicieron algo similar lo vendieron como una gesta y fueron considerados héroes; sabiendo el poco valor que tiene hoy la palabra héroe tampoco es demasiado impresionante esta consideración. En mi caso la escalada se tomó como algo normal y cotidiano, como un viaje a la playa, un desplazamiento al trabajo o casi como ordenar un cuarto. Con el tiempo, para el mundo se ha olvidado mi periplo. Para mí, sueño o realidad, la montaña vive.

Las herramientas de la vida, su instrumental, nos dan a cada uno una montaña, o varias. No todos las ascendemos ni llegamos al confín de nuestra mente y sabemos volver. No todos aprendemos que es el viaje, siempre el viaje, el camino, el verdadero destino del hombre, del ser humano.

Volveré a la montaña. Quizás sea otra cima, quizás sea otro el monte, pero será la misma. Y descenderé, no sé si hacia este mundo o hacia el otro confín.

Sé que no dije a Miguel mi nombre, pero sé que él lo conoce.