domingo, 1 de julio de 2018

UNA DE FÚTBOL

Escogí para vestirme la ropa de la suerte, la de ganar partidos.

A medio vestir me miré y vi los zapatos gastados, las bermudas desteñidas y pensé que estos signos no daban sino empaque a las ropas. Cogí entonces el polo de un color que nunca supe si fue verde o marrón e introduje la cabeza y los brazos, al intentar ajustar los orificios a mis extremidades un crujido me partió el alma, una enorme abertura cruzaba la tela de omóplato a omóplato, mostrando mi huesuda retaguardia. Es cierto que tenía ya alfileres que cerraban sus descosidos y mantenían en su lugar las costuras de este polo. Pero en un ataque de dignidad me había peleado con quien una vez los colocó y retirado su posición estratégica en la prenda. Ahora tenía en la mano unos cuantos aguijones de acero que me pinchaban al menor movimiento, una tela rota que alguna vez fue bonita y nadie a quien pedirle que me ayudara a hilvanar los descosidos.

Compré un nuevo polo, de marca, por supuesto. Lo compré siguiendo el dictado de los polos de otros, con sus colores de moda y los adornos de los otros, inútiles e incómodos. Parecía bonito, pero ni su cara tela era cómoda, ni me hacía sentirme especial y vestido para cualquier ocasión.

Vi el partido. Perdimos. El polo es nuevo, es caro, es inservible. Nunca volveré a vestir la magia de aquel punto tejido bajo la Estrella del Sur con la magia y el oficio de sastres a los que ya nadie compra.

jueves, 14 de junio de 2018

MEMORIA HISTÓRICA

No creo que mi abuelo fuera una persona excepcional, más bien debo recordar que si no tenía todos los defectos que la época consentía a los hombres, sí los frisaba. Es doloroso decirlo así, pues no recuerdo a mi abuelo nunca llegando del trabajo, sino en su casa, con un buen humor genial que se mutaba en insoportable conforme el vino de la tarde iba desapareciendo. 

Sé, sin embargo, que era bueno, que tenía corazón de niño, y que cantaba como un ángel flamenco. Lo doloroso de su historia es que no puedo averiguar nada de ella, y solo encuentro fogonazos de su memoria. Nunca pudo acreditar dónde nació, él cambiaba su nacimiento de un pueblo a otro de Córdoba con frecuencia, quizás porque contaba una mentira protectora que se aprendió con los años, y sobre ella emergía la verdad de su origen cuando afloraban recuerdos de su niñez. Que algo se intentaba ocultar con su origen está claro, y no solo le ocurría a él, los archivos de sus pueblos, los registros de las iglesias, imagino que los de las Casas del Pueblo fueron incendiados y se quemaron con ellos fes de bautismo, partidas de nacimiento, antecedentes y afiliaciones a partidos políticos. Su vida es para mí una serie de estampas quietas, de fogonazos en la sombra: un cantaor que ve en él una perla por pulir, la frustración de ver ese tren pasar y esperar su regreso, la guerra que lo trunca todo, su lucha en el bando republicano con apenas 17 años, su participación en la batalla del Ebro, recoger allí el cadáver de su hermano, retirarlo sobre sus hombros y enterrarlo él mismo. Quiero imaginarlo, sensiblero como era, como es mi padre, como yo también soy, incapaz de ser coherente, dignificando como puede a su hermano, con un gesto de solemnidad dibujando sobre la tumba la misma cruz que años más tarde yo le dibujaría a él. 

Desconozco dónde se rindió, dónde se entregó, dónde lo capturaron, sé que estuvo en un campo de concentración entre Cádiz y San Fernando, luego en el Valle de los Caídos, más tarde haciendo una mili que se cobró el bando nacional. Sé que volvió a uno de sus pueblos, que allí se moría de hambre, que fue minero entre Asturias y León y que se le quebraron los pulmones, y que retornó de nuevo a su tierra. Sé que vivía junto a la familia de su mujer, mi abuela, en una casa cerca del castillo de su pueblo y sé que allí en esa casa siempre había alguien que vigilaba la calle. Cuando la pareja de la Guardia Civil enfilaba la cuesta hacia su casa, mi abuelo y su cuñado se escondían en la planta de arriba, con una navaja unas veces en el cuello y otras veces en las muñecas y una palangana para recoger la sangre. Sé que decían que no podrían soportar una paliza más. 

Y sé que no encontraba mucho trabajo en este, uno de sus pueblos, ni en el otro, otro de sus pueblos. Y sé que no podía ser porque no estaba afiliado al sindicato vertical, y sé que no podía ser, aunque hubiera aceptado por escrito el régimen de Franco, por haber sido rojo. También sé que para vivir en España fuera de la cárcel, que no era lo mismo que en libertad, de alguna manera había declarado ser afecto al régimen de Franco y que eso le valió que otro hermano suyo, que vivía en Francia, lo repudiara. También sé que ese hermano murió, y que cierto cura francés se puso en contacto con él y le comunicó la noticia, aunque no sé si fue ese mismo cura el que escribió la carta en la que su hermano renegaba de él por aceptar vivir en España. No sé de qué parte de Francia hablamos, ni de qué hermano, si es el mismo que fue maquis, o el que mi abuelo quiso reconocer una vez viendo una documental sobre la rebelión de Mauthausen. Siempre sostuvo que su hermano era el que servía una ametralladora. Y aunque los apellidos de mi abuelo no aparecen en los archivos del campo no podré nunca estar seguro de que no llevara razón; descubrimos en los noventa que un primo suyo se cambió los apellidos durante la guerra y adoptó la identidad de un muerto para quedar liberado de alguna condena como la que sufrió mi abuelo. 

Sé que mi abuelo trabajó montando postes de teléfono y de electricidad, imagino que cavando zanjas, portando cable y anclando maderas en el levante español, adonde emigró como muchos de los del pueblo donde vivía. Sé que nunca pisó una fábrica como sus hijos, eran tiempos en los que el carné de rojo perseguía a los que una vez lo obtuvieron con ilusión. Sé que cuando se conmemoraban los 50 años del estallido de la guerra civil, sus hijos procuraron que no se enterase mucho y que ese día toleraron una dosis mayor de vino. 

Sé que quiso obtener un día sus papeles y que el democrático funcionario que se los debía proporcionar, quien en la posguerra se encargaba del sindicato vertical, le pedía una cantidad de dinero por proporcionárselos y que él lo amenazó, pero que el funcionario le recordó algo y él se acobardó. Sé que su mujer y su cuñada peregrinaron hasta el mismo funcionario un mes más tarde y que se encontraron con el mismo chantaje y que también tuvieron miedo. Y sé que mi padre, días después de que achantara a su madre, se presentó ante el funcionario y obtuvo la documentación. 

Sé que se jubiló, que vivió como pudo unos años y que murió. Y sé que a su entierro acudieron una hermana suya y un primo recio y con pelliza de maquis que alzó el puño izquierdo en el cementerio y que volvió a casa en uno de esos trenes oscuros como los del exilio, pensando y llorando que su época y su compañero de guerra habían muerto ese año de 1994.

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Mi madre tenía tatas. En su pueblo, ser la hija de un tendero, la nieta de un herrero y administrador de cortijos, la sobrina nieta de un cura, y ser la hija de su madre, es posible que no le permitieran criarse de otra forma. Tampoco sé mucho de cómo era esa vida, qué tenían y no tenían, cómo vivían, lo poco que sé es que, en principio, no lo hicieron mal y no les faltaron muchas cosas. Sé que una de sus tatas era apenas una mujer, aventuro que puesta a servir antes de tiempo por necesidad, que salía muchas veces a jugar con mi madre y sus hermanas a un patio de la casa donde había una higuera. Sé que la higuera era motivo de juego para mi madre que la vigilaba con ojos golosos para apoderarse de las primeras brevas, y sé que la misma higuera se convertía en escalera para la tata. La tata salía al patio y dejaba hacer a las niñas a su antojo y soñaba, y juraba que algún día lo haría, con encaramarse a la higuera, tijeras en mano, y clavárselas al hijo de puta del falangista que vivía al otro lado de la tapia, que había denunciado a su padre y a su hermano, a los que jamás había vuelto a ver vivos después de su paseo. Ese falangista era el tío de mi madre, hermano de mi abuela, dueño legal de las tierras que heredaron hermanas y hermanos y que los hermanos, en virtud de alguna ley franquista, repartieron solo entre los varones, despojando a las hermanas de la herencia de sus padres.

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Mi abuela podía ser una señora, lo era, la recuerdo peinándose su pelo blanco y fino, en un moño que escondía, y engañaba, sobre la verdadera longitud de su cabello. Yo siempre la vi vestida de negro, vestimenta que partía no del luto y del dolor por la pérdida de seres queridos o de su hijo de pocos meses, sino de una promesa formulada a cambio de que su Dios velara por la vida de su hermano en la guerra. Y sé que el hermano por el que se vistió de negro no fue el falangista que vivía al otro lado de la tapia, aquel fue demasiado listo, y es posible que cobarde, para marchar al frente; el hermano por el que realizó la promesa fue otro, a la sazón también traidor, también ladrón. 

Y me cuesta imaginarla vestida con ropas de otros colores, pero tuvo que ser así, imaginemos que vestida de azul, el día que hubo una revuelta que llegó a su pueblo, y en el que algunos, en nombre del pueblo cogieron un par de escopetas  y se pusieron a dar vueltas por ahí escogiendo a quién darle un correctivo. Y si mi abuela podía ser una señora también sé que podía cuadrarse brazos en jarra, manos al cuadril, y sé que esto hizo ante aquel alfeñique que entró en su casa con ganas de llevarse al cura y alguna imagen de la Virgen. Y sé que el cura había ido allí a buscar refugio, que temía que quemaran la iglesia y a él con ella, y que estaba en el salón. Y sé que ella se plantó ante él y le dijo, no te da vergüenza, Fulanito, tú aquí, en mi casa, para hacer una tontería, tú, que, hace poco, haciendo el fartusco te echaste a la calle para pedir el pan que a ti nunca te ha faltado, tú, que estabas tirado en la puerta de mi casa aquel día cuando entró la Guardia Civil en el pueblo y yo te abrí la puerta, te escuché, te di ropas nuevas, te puse un escapulario y mi crucifijo y juré ante la Guardia Civil que habías venido a mi casa a recogernos para protegernos y poder ir a misa, tú, te atreves a venir aquí, buscando nada. Y sé que aquel hombre se fue, no sé si acobardado o humillado, o ambas cosas; y sé que mi abuela no las tenía todas consigo pero que a nadie de su casa le pasó nada.

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Esta no es la memoria de este país, solo es parte de mi memoria familiar, sobre la que hoy quería escribir porque esta mañana el sol se levantaba frente a mí, golpeaba los girasoles, iluminaba algunos montes y había una ligera sensación de claroscuro y desamparo y pensé en ellos y en su historia. Y sentí que las flores que flanqueaban la carretera nos parecen todas la misma flor, y que nos parece que las historias de los hombres son todas la misma historia, pero no lo son y que, solo cuando se recuerdan y cuando se cuentan, se pueden entonces olvidar y alimentar con ellas el humus de nuestra propia historia, a la espera de que alguien, alguna vez, la recuerde y la olvide.

viernes, 11 de mayo de 2018

DESESTRUCTURAR

Un hombre, una persona, es hombre, es persona mientras permanece completo. 

Un hombre, una persona, está completa cuando su estructura, su esencia, permanecen. 

Si esta esencia se mantiene, este hombre, esta persona, serán ese hombre, esa persona. No podría asegurar qué es lo que compone la completitud de un hombre, pues hay quienes careciendo de partes están completos, e incluso quienes careciendo de alma, animados por una maldad interior, son hombres, malos, pero hombres. Sobre lo que mantengo una certeza absoluta es sobre que hay formas de descomponer a un hombre para que su apariencia sea la de la completitud y su conjunto sea un muñeco de trapo. 

La receta es fácil, y puede ser cuajada a fuego lento o rápido, el resultado será el mismo. 

Quienes esperen los pasos para realizarla pueden dejar de leer, no la daré. Porque quienes esperan los ingredientes y las técnicas es que ya han comenzado a cocinar, y aunque crean que no lo hacen, ya han colocado el sacrificio en el caldero. 

Quienes quieran leer y saber si son ellos la ofrenda al dios de los pingajos pueden hacer la prueba, ¿se sienten muertos e inmolados cada día?, ¿poseen algo de fuego interior?, ¿se apaga este fuego y sienten frío?, ¿se sienten impotentes ante cualquier minucia, incapaces de luchar por su defensa?, ¿sin fuerzas? La mala noticia es que están en camino de estar vacíos. No hay buena noticia.

lunes, 25 de septiembre de 2017

ELOGIO DE CHIPIONA


A veces, casi siempre en tardes de cielo nublado y calor, me siento con Truffaut en la heladería que está frente al bar alemán. El café es bueno, no podríamos decir que excelente pues en ese caso no habría sobrevivido este comercio en esta ciudad. Allí charlamos con el ruido de fondo, no del mar, sino de la marea de pulidores de calzada que asola Chipiona.

Se nos une en raras ocasiones Godard, quien prefiere los chiringuitos apartados y cuidados de las Tres Piedras y es cara su presencia. Es verdad que, gracias a sus visitas, y a las nuestras algunos mediodías a sus playas, sobrevivimos con cordura al hastío estival.

Veo a Truffaut delgado, enjuto y moreno. Quiero imaginar que es gracias a matutinos paseos por la playa, baños de mar y natación terapéutica entre el faro y las ruinas romanas. Tiene el alma tostada como buen francés con sentidos sureños. Cuando me habla apenas noto en él nada de su acento, pero muchas veces no lo entiendo y es que usa muchas expresiones gaditanas que no conozco. Tal es su mimetismo con este paraje.

Godard es también delgado, casi enfermizo, y pálido. En él intuyo una liviandad tan etérea que dota de peso a su pensamiento y lo hace poético y trascendental. Cuando veo su barriga, impensable en su delgadez, le comento a Truffaut, mira es de pura debilidad que come un poco y le engorda. Truffaut siempre me mira con un poco de asombro y de mal genio y responde, es de mimado, no lo olvides, si por él fuera estaría en Bretaña comiendo ostras con Eric.

Una de esas tardes Truffaut planteó una cuestión, teníamos que contar qué nos hacía ir a Chipiona. A François le gustaba hacer ese tipo de juegos y no era extraño que alguna vez incluso nos filmara. No tengo constancia de que lo hiciera en esta ocasión.

  • Yo no sé en realidad por qué vuelvo. Cuando vengo aquí tardo en encontrar mi espacio, mi lugar y mi hueco y cuando lo hago es siempre al​ margen de la masa, buscando las horas contrarias para hacer mi vida, pasear, comer, disfrutar del sol y de alguna cosa maravillosa, como las patatas fritas o las ortiguillas, la puesta de sol, el rumor del oleaje, el sabor de la sal. Muchas veces puedo sentirme incluso solo en el gentío de la playa o mirando el mar desde un pretil frente al faro. Eso es lo que busco aquí, el mar, lo auténtico, despejado, eso sí, de la muchedumbre.

Mi respuesta no pareció inspirar a Jean Luc. Me miró con cierta altivez y respondió.

  • Mi sitio es este y no lo es. Si miráis a levante veréis que la playa se esconde tras la casa de la duna, más allá hay una playa aún con cierto salvajismo, medio a ocupar, medio a conocer. Mi búsqueda de la belleza va por ahí, por lo ignoto, lo inexplorado, lo de siempre conocido en ruina constante desde siempre, desde que nació. Así es. Una luz distinta que pertenece a Chipiona y que es distinta a ella.

Truffaut rio. Y comentó, con cierto sarcasmo, con cierta soberbia.

  • Mis amigos, se equivocan. Chipiona merece la pena porque es auténtica, porque es un reflejo de la gente, de la época. Chipiona es un elogio al feo plástico omnipresente en las tiendas de la calle Isaac Peral; un elogio y un altar para lo barato, lo cutre, lo cómodo; para quien no quiere aparentar que en verano come langosta a diario; para quien no quiere estar mejor vestido para la playa que para el trabajo, para quien quiere puchero en verano, siesta y chanclas y olvidar el aire acondicionado y las formalidades; para quien quiere comer pan en las comidas, cerveza en el chiringuito y que pague su suegro. Chipiona es un reflejo, un teatro realista, minimalista, que encima cuenta con una bodeguita en donde nadie me conoce y donde salvo algún lúcido borracho nadie jamás ha oído mi nombre. 

Así fue nuestra conversación. La última de nuestros veranos en común. Ahora, los días que me siento frente a un mar más bravo, frente a un horizonte casi despejado y un robalo hecho en una parrilla de pino la recuerdo. No sé, fiel a mi desubicación, si estoy en un jardín cerca del santuario, o sentado en la toalla frente al mar y acogotado por vecinos de playa o en la terraza de algún bar. No lo sé, solo creo ver frente a mí una débil alambrada sostenida tan solo por postes hechos con tronco de olivo, una alambrada para separar la arena de la arena, para delimitar aquí de allí y poco más que pretender ser una paralela del horizonte. Tras ella, una playa, tres metros más abajo, y un solitario lienzo de agua que baila al son de la luna y los efectos de Coriolis.

La imagen de una abuela tatuada que riñe con voz sobreaguda a su nieta de tres años, tatuada y con piercing, dan autenticidad a la escena. Truffaut, eres un genio. 

lunes, 5 de diciembre de 2016

EN BUSCA DE LA AMISTAD PERDIDA

El viejo inspector Gutiérrez caminaba por las calles húmedas y sucias de una tardía mañana de lunes tras tres días de lluvia consecutivos. Estos días, el otoño real de esta tierra, disimulaban la insoportable monotonía de un clima tan árido como este. La ineficacia del alcantarillado humedecía el pavimento y asemejaba las calles a las de una ciudad europea. Semejantes artimañas habían conseguido instalar en el alma del inspector la nostalgia de otra época como si él mismo fuera un ciudadano de un verdadero país.

Mientras paseaba entre las hojas caídas de los plátanos y los reflejos de los comercios, su cabeza daba vueltas a los últimos acontecimientos, intentaba ponerlos en orden, pero no conseguía acertar con algo que sabía que era importante, algo subyacente a toda la serie de sucesos que había vivido en los últimos dos meses pero que no sabía despejar. Le atormentaba la idea de haber resuelto varios casos complicados y, sin embargo, no haber resuelto la incógnita que le rondaba en la cabeza.

Le vino entonces a la mente la imagen de su viejo mentor, el comisario Reyes, quien siempre le decía cuando le veía cavilar más de la cuenta: Gutiérrez, si quieres resolverlo date una vuelta, cuéntaselo a un amigo y tú solo descubrirás lo que quiera que busques. 

El inspector Gutiérrez tomó este consejo como una orden, sacó las manos de su gabán y tomó el teléfono móvil entre ellas dispuesto a llamar a un amigo pero no encontró a quien. Entre los colegas su fama de huraño, solitario y cierta dosis de envidia no le convertían en un hombre popular; y entre los parroquianos de los garitos de su barrio se había ganado una reputación de duro que no le granjeaba muchas bienvenidas; se sentía a mundos de distancia de los jóvenes tenientes que se incorporaban al trabajo llenos de ilusión y de soberbia. Quizás con ellos podría tomar una cerveza, pero él sabía que ellos solo lo soportarían por respeto a su edad, sin creerlo demasiado, sin acabar de tomar en serio su experiencia. 

Era otra cosa la que debía buscar. Recordó entonces los otros tiempos que había vivido, la época de los partidos de fútbol, los de su etapa de profesor de prácticas, los de la pandilla de la playa y las partidas de continental, la era lejana en la que iba al cine. Incluso recordó el momento en el que asumió su edad e hizo lo que todo cuarentón hace, con más o menos fortuna: correr, cocinar arroz y escribir. Pero ni entre los escritores, ni los corredores, ni entre los cocineros de nuevo cuño, ni siquiera entre los religiosos amantes de la imaginería y los amantes de la patria encontró un teléfono que pulsar para encontrar la voz a la que acogerse. 

Abrió entonces su mano y vio sus cinco dedos separados, entre ellos el meñique insensible tras el navajazo de aquel perla del Polígono, y pensó, son como los que me quedan, pocos, están lejos y he perdido a uno de ellos. Se cruzó con el Gallego, que masculló una disculpa acerca de una celebración que el inspector ignoró, mientras andaba hacia algún sitio sin ton ni son. Luego vio de lejos a Luis, sabiendo que aquella manera de ir de frente unas veces era una forma de llevar un paso y esta vez una forma de ignorarle, y reprimió las ganas de escupir recordando el asco que este acto provocaba en sus hijas. Y siguió andando, sobre la alfombra de hojas muertas.

El viejo inspector Gutiérrez no miraba ya el suelo mientras caminaba, un esbozo de sonrisa le surcó el rostro al encontrar la respuesta y pensaba, mi soliloquio es plática con este viejo amigo.

La tarde cayó y se oscureció cuando las nubes de tormenta trajeron notas de lluvia y de otoño a ese lunes. El viejo inspector Gutiérrez entonces sí escupió y continuó caminando hacia ningún sitio, cojeando como solo cojeaba en tardes de lluvia y melancolía.

martes, 1 de noviembre de 2016

LOS DÍAS DEL SEÑOR

Poco antes de que los domingos fueran amargos tan solo eran los días del miedo, ¿lo recuerdas? Papá volvía a casa, con su escopeta enfundada al hombro, envuelto en un aura compuesta de alcohol, perfume barato, sudor y tabaco; mamá, antes de escondernos, nos contaba un cuento y nos decía que papá no podía vivir sin ir de cacería, que venía mareado porque estaba obligado a tomar unas cervezas con sus compañeros y apenas podía comer, que su mal humor se debía a la jaqueca que eso le provocaba , y que olía así porque era despistado y se ponía la primera colonia que cogía, aunque fuera de mujer...

Pero tú nunca pudiste callar y le pedías a mamá que hiciera algo, que cambiara aquello. Ella nunca te negó nada; por eso, aquel día fue como una maga, y trocó la escopeta en varita mágica, cambiando para siempre el miedo por días interminables de orfandad y tristeza.

JULIETA FRENTE AL ARQUEÓLOGO TORERO

En una época en la que, solo Dios sabe por qué, conservaba aun amigos decidimos en un día indeterminado entre el 28 de febrero y el 19 de marzo tomar café al sol. Tiene sentido aquella peripecia, pues los exámenes, que constituían nuestra mayor preocupación de entonces, se concentraban en el mes que acababa de terminar. Así que aquel mediodía acabamos, demasiado tarde, todo hay que decirlo, tomando café, coca-colas y fantas en la terraza de un bar llamado Alfonso. No sé si fue nuestra maltrecha sesera la que nos llevó a seguir los designios de uno de nosotros, pero lejos de saber mantener una conversación coherente y de charlar de cualquier cosa, empezamos a trabajar en personajes para un juego de rol al que nunca jugamos. 

El desvarío en la formación de aquellos actores, anulados antes de salir a esa escena virtual, fue inimaginable. No puedo recordar con exactitud quiénes fueron el bibliotecario espía, el diplomático químico, el tenista asesino y otros, entre los que estaba el torero arqueólogo y museólogo que me correspondía. Desvarío mencionado, reflejo de la figura de Ali Bey, alcalde de Córdoba y viajero romántico, del que robé la biografía en la descripción de mi rol, añadiendo la torería. 

Si añadiéramos a esta historia inconclusa del juego de rol, un pescador artístico y rico, un maestro comprometido que lo deja todo, un filósofo del Arte, y mujeres que siempre caen en desgracia o son tan ricas que están por encima de la desgracia, personas que viven en los rincones más extremos de este país y que no tienen ninguno de los acentos más pronunciados que existen como el gallego y el andaluz, pisos enormes y céntricos que se alquilan por cuatro perras, estaríamos añadiendo elementos del mismo nivel que los del juego de rol que mi amigo encajaba. 

Y es así Julieta, una película mala, en la que yo, que no sé muy bien lo que son los fallos de guión, descubrí varios errores de guión; en la que no están acertadas las interpretaciones de casi ningún actor; una película que desaprovecha las historias secundarias, ¡tan planas!; una cinta en la que por ningún lado hay nada del mundo de Almodóvar. O apenas nada, pues ese mundo cuqui y sofisticado en el que muchas veces ha hecho vivir a sus protagonistas, se muestra como natural y accesible a personas que no tienen medios para alcanzarlo.

En mi memoria ha saltado algo que ha unido a la visión de esta película muchos de mis recuerdos de aquellos años noventa. Parte de la ambientación de la historia se mezcla con las historias de trenes que viví en aquella época; ni de lejos, ni en sueños, eróticas o galantes, seguro que también, a su modo, interesantes, y, también, a su modo, de un universo tan propio como el del director Almodóvar. Se han unido también por el baloncesto, por su delgado hilo conductor, por su inconsistencia como futuro. Por la vacuidad de una vida tan insustancial como el filme. 

En la cabeza de un autor no siempre están las mejores ideas, ni siquiera en la de los genios; lo que me sorprende es pensar que esta película toma su guión de tres novelas. Siempre es difícil realizar una adpatación de un libro, tomar su sentido, exhalar su espíritu; quizás condensar tres libros, incluso breves, sea una tarea muy difícil; pero la forma en la que parecen tomadas unas ideas sueltas de aquí y de allá, sin trabarlas, sin ver la continuidad, la necesidad de que las cosas ocurran hace inconsistente a la película; le elimina la credibilidad de algo que nunca se encuentra ni se sabe lo que es, pues ni siquiera en los mundos buñuelianos, berlanguianos o incluso almodovarianos son incoherentes e inconexas las narraciones, todo responde a unas leyes propias, a parámetros particulares. En Julieta eso no existe.

Me gusta el cine, y me gusta saborear las películas; para mí mismo ejerzo de crítico de cine, y, ni así, me gusta destrozar con malos comentarios el trabajo de los autores. Tiendo a tener cierta solidaridad con el trabajo intelectual de otras personas, y pienso que, muchas veces, por un lado viajan el deseo de contar algo, las buenas ideas, el tino, y por otro la prescipitación y la falta de trabajo. Supongo que lo que escribo podría ser destrozado por cualquiera, y que algo así me dolería. Imagino que a cualquier autor le puede doler ver criticada su obra por un don nadie. Como espectador he disfrutado con el cine de Almodóvar en días no tan lejanos, esos en los que además de la inspiración ha habido mucho trabajo en los poros de la película, y ahora estoy decepcionado. Le concederemos nuevas oportunidades al manchego para reconciliarnos con él.

Aquel juego de rol no llegó nunca a buen fin. O nunca tuvimos tiempo para jugar o lo consideramos imposible de rolar a buen puerto; en cualquier caso, las obligaciones, el azar o un pequeño instante de clarividencia nos libraron de mayor sonrojo. Más le hubiera valido a Julieta seguir este camino.