Una imagen es muda, silenciosa. Su poder, su fuerza por encima de otras fuerzas, de otros estímulos, es que nos dice sin hablarnos, nos cuenta sin susurros. Su tiempo, inmóvil, estático, es eterno.
Una ilustración sobre la depresión, mostrada como una sombra encerrada dentro de una mujer, como una tormenta a punto de estallar en un cuerpo sonriente, esta dualidad de tinieblas y amabilidad, me conmovió. Fue el reconocimiento de algo propio que oculto y no quiero ver. Es esa imagen, por un lado, el dolor y la negrura interior y, por otro, la sonrisa fingida del envoltorio externo, juntas, conviviendo, unidas por una frontera en la carne, carne viva y lacerante.
Es sabido que vivo, en casi toda su dimensión, que como, bebo, duermo, poco, practico deporte, leo, soy espectador de cine y de televisión, me intereso por el mundo, y que, para mí, que no tengo sonrisa, esta actitud es mi sonrisa, la máscara que porto. Pero es la tristeza endurecida en severo rictus, en serio semblante, la cortante respuesta, mi carta de presentación. Es sabido que amo y que no sé hacerlo, que no doy el calor y el abrazo que me muero por saber dar, y recibir. No es tan sabido que siento, casi sé, sin querer saberlo, que mi barrera, mi corteza, no conmueve a los demás.
A veces mi brusquedad proviene de una reacción apresurada, adjetivo que, en mi caso, proviene de la presión y no de la prisa con la que escapa. Otras veces es el hilo, solo el hilo, de la tormenta interior. Quisiera describirlo, hacerlo visible, y hay una barrera sensorial que me lo impide. Es difícil encontrar palabras para contar como me siento pequeño, encerrado dentro de esa costra, sepultado por una catedral negra de pesados muros, ahogado por un sonido sordo y pesado, por mil voces, por mil ideas. Cómo contar que cuando me habláis, me contáis, esas palabras y peticiones sepultan mi necesidad de contar que me rompo por dentro, que necesito decir que no puedo más, que me ahogo queriendo pedir ayuda, sin conseguir enunciar mi petición. Que una cuerda interior me impide pedir un abrazo, que quisiera que alguien me mirase y encontrara una fisura en mi envoltura y viera mi interior. Y que se apiadara de mí.
Pero esa brusquedad tan mía, esa reacción que es tan enérgica porque es un caudal enorme, aprisionado, que ha escapado por las minúsculas grietas de la corteza, provoca que nadie quiera mirar en el interior, que nadie entienda las frías tormentas, el sabor metálico, la sinfonía estridente y la serie infinita de cosas sin terminar. Y, quien me ve, sobre mí deposita más losas, construye y amolda un envoltorio más duro, una coraza, cada vez, más impermeable.
Y soy la imagen que vi, y el hombre callado e insensible, el planeta frío de ardiente núcleo. Y soy, siempre, un trasunto de Edvard Munch, una figura desgarrada, un alma retorcida, un grito que no se oye, pero que lo inunda todo y deforma la luz, el tiempo, la vida.
A veces río.