miércoles, 23 de abril de 2025

LAS CATEDRALES NEGRAS

Desde el exterior los edificios de piedra son imponentes. Gruesos muros, sólidos, inquebrantables. Sobre sus cubiertas, o cúpulas, o en un cimborrio, algún símbolo, alguna imagen nos dice que esas paredes quieren guardar un espacio de espiritualidad; por más que se asemejen a fortalezas, por más que parezcan custodiar secretos, tesoros o la clave del Universo. 

Las pequeñas ventanas que se abren en lo muros no permiten ver el interior y este solo se intuye. En el intradós se retienen casi al completo la luz externa, el calor solar, la algarabía y la energía que los fotones, onda y partícula, trasladan. 

Una perspectiva más cercana del edificio nos proporciona otra vista en la que se perciben los muros ajados y descuidados. Nadie ha restañado las heridas de sus grietas, ni ha limpiado la verdina que nace y crece en las zonas más umbrías. Aquí, de cerca, pegado al muro, son visibles las grapas de metal, ya herrumbrosas, que han frenado el crecimiento de estas fracturas de la piedra. Suturas gruesas que han detenido la separación de la materia pero que, a costa de la elasticidad del muro, de su uniformidad y homogeneidad, han dejado cicatrices perennes. 

Mas no es en ese exterior donde habito, aunque es también mi yo, el ser carnal; es mi refugio su espacio interior, tan distinto, etéreo, mío, casi exclusivo. Un núcleo que es más inexpugnable porque no ha sido atacado que por su solidez. Antes de que resida en ese espacio, ha sido un lugar, en cierto modo, amplio. Al modo de muchos templos, distribuido en espaciosas naves centrales y capillas laterales, orden y espacio sometidos a una jerarquía de devociones y de rezos aleatoria que he de llenar. Y en ellas, en las capillas, en las naves iluminadas por lámparas de velas, consagro el culto a mi propio santoral. Y creo estar más en su altar, el Sancta Santorum del templo, su esencia, lo que da sentido a su existencia. Una esencia invisible que ninguna estatua, ninguna imagen puede representar, pues cómo dar forma a lo inestable o a lo inseguro, cómo venerar a un ángel gris sin dones. 

Pero la santidad, la divinidad de ese altar, al tiempo se corrompe. No hay otro modo de nombrarlo. A pesar de que parece sacrílego unir lo divino y lo corrupto, este templo se edifica sobre ello. Es un sacrilegio que el vulgo no comparte, pues parece sagrado porque lo encierra un templo, pues es sagrado todo lo que los hombres han señalado como sagrado. No se sabe y, quizás, es desde el primer momento en el que el templo se hace templo que la santa esencia se descompone y se deshace. Y esa imagen que no se ha dicho qué es, pues no se conoce, se diluye en libres trayectorias por el interior del templo, y estos corpúsculos de materia enferma impactan en los muros, en los arcos y hornacinas, en los pabilos de las velas y mutan sus divisiones y convierten a los titulares de las capillas laterales en débiles demonios, en minúsculos enemigos que, uno a uno, solo irritan pero que, unidos, hieren y matan. 

Habito esos espacios interiores, entre paredes que se engrosan por dentro, como un corazón o arterias a las que se adosan las impurezas de la sangre. Habito entre sombras pues la corrupción sofoca la luz de las llamas, entre las tinieblas y el frío desconocido, el largo silencio del camino ignoto y la desorientación. Habito en un templo en ruinas y entre muros desplomados. Y, entonces, el templo desnudo no protege nada, no encierra nada, no existe más. 

Así ha sido desde el inicio de mi tiempo, he habitado muchos templos y asistido al derrumbe de todos, catedrales con muros de todo tipo de aparejo, iglesias de todo tipo de piedra. Muros y contrafuertes que creía sólidos y que se desmoronaron como castillos de arena. Piedras sólidas que se deshacían como caliza y como azúcar, como si en vez de sólido granito se hubieran hecho de la superposición de conchas de lapas. Y mis templos cayeron sin estruendo, sin el rugido del derrumbe y la ruina, sino con el sordo crepitar con el que se quiebra la arena al ser pisada. 

Se tarda tiempo en construir nuevos edificios, mucho más que en derribarlos, infinitamente más que el tiempo en que son puros. Mientras se proyecta el nuevo templo hacia el cielo y decido si hacer más gruesos los muros o, quizás, hacerlos más altos, o edificar un templo mínimo como una ermita, contemplo la luz y la disfruto por unos eones. Entonces el alma se enardece por el calor, parece ser un alma más, una de esas que gozarán de la comunión de las almas; pero una punzada, un pequeño látigo, su susurro me dice: "se calienta como la negra piedra con la que construyes los muros, es como la divinidad en honor de la que levantas el templo; por eso tú habitas bajo ella, por eso ella, la piedra, que es tú, no soporta el peso de la luz. Por eso tu tabernáculo se descompone, ¿o acaso no lo estás tú?"


martes, 4 de febrero de 2025

MI AMIGA LA DEPRESIÓN.

Una imagen es muda, silenciosa. Su poder, su fuerza por encima de otras fuerzas, de otros estímulos, es que nos dice sin hablarnos, nos cuenta sin susurros. Su tiempo, inmóvil, estático, es eterno.

Una ilustración sobre la depresión, mostrada como una sombra encerrada dentro de una mujer, como una tormenta a punto de estallar en un cuerpo sonriente, esta dualidad de tinieblas y amabilidad, me conmovió. Fue el reconocimiento de algo propio que oculto y no quiero ver. Es esa imagen, por un lado, el dolor y la negrura interior y, por otro, la sonrisa fingida del envoltorio externo, juntas, conviviendo, unidas por una frontera en la carne, carne viva y lacerante. 

Es sabido que vivo, en casi toda su dimensión, que como, bebo, duermo, poco, practico deporte, leo, soy espectador de cine y de televisión, me intereso por el mundo, y que, para mí, que no tengo sonrisa, esta actitud es mi sonrisa, la máscara que porto. Pero es la tristeza endurecida en severo rictus, en serio semblante, la cortante respuesta, mi carta de presentación. Es sabido que amo y que no sé hacerlo, que no doy el calor y el abrazo que me muero por saber dar, y recibir. No es tan sabido que siento, casi sé, sin querer saberlo, que mi barrera, mi corteza, no conmueve a los demás. 

A veces mi brusquedad proviene de una reacción apresurada, adjetivo que, en mi caso, proviene de la presión y no de la prisa con la que escapa. Otras veces es el hilo, solo el hilo, de la tormenta interior. Quisiera describirlo, hacerlo visible, y hay una barrera sensorial que me lo impide. Es difícil encontrar palabras para contar como me siento pequeño, encerrado dentro de esa costra, sepultado por una catedral negra de pesados muros, ahogado por un sonido sordo y pesado, por mil voces, por mil ideas. Cómo contar que cuando me habláis, me contáis, esas palabras y peticiones sepultan mi necesidad de contar que me rompo por dentro, que necesito decir que no puedo más, que me ahogo queriendo pedir ayuda, sin conseguir enunciar mi petición. Que una cuerda interior me impide pedir un abrazo, que quisiera que alguien me mirase y encontrara una fisura en mi envoltura y viera mi interior. Y que se apiadara de mí. 

Pero esa brusquedad tan mía, esa reacción que es tan enérgica porque es un caudal enorme, aprisionado, que ha escapado por las minúsculas grietas de la corteza, provoca que nadie quiera mirar en el interior, que nadie entienda las frías tormentas, el sabor metálico, la sinfonía estridente y la serie infinita de cosas sin terminar. Y, quien me ve, sobre mí deposita más losas, construye y amolda un envoltorio más duro, una coraza, cada vez, más impermeable. 

Y soy la imagen que vi, y el hombre callado e insensible, el planeta frío de ardiente núcleo. Y soy, siempre, un trasunto de Edvard Munch, una figura desgarrada, un alma retorcida, un grito que no se oye, pero que lo inunda todo y deforma la luz, el tiempo, la vida. 

A veces río.